domingo, octubre 07, 2012

Tempo

       La Tierra mide doce mil setecientos cincuenta y seis kilómetros de diámetro, y tarda veinticuatro horas en dar una vuelta sobre sí misma. Es decir, que nuestros días son una cuestión de dimensión. Todo se basa en la rotación y traslación de la Tierra, lo que tarda en rotar sobre sí misma y alrededor del Sol. De ahí las estaciones y la duración de nuestros años. 
       Los fenómenos atmosféricos consisten en el movimiento de las corrientes en las diferentes capas gaseosas que cubren la Tierra. 
       Y, a partir de ahí, nosotros filosofamos. Se nos ocurren mil chorradas sobre lo imperecedero de las cosas y las sensaciones, sobre la implacabilidad del tiempo, que pasa sin esperar por nadie; sonreimos con suficiencia porque ya lo hemos entendido, porque ya sabemos que siempre ha sido así, porque a nosotros nadie nos pilla ya de nuevas, con toda la experiencia que tenemos (qué listos somos). Inventamos ecuaciones imposibles, decimos muy seguros que hemos dominado la naturaleza. Esa naturaleza que, de vez en cuando, pone un volcán en erupción y envía cuatro ciudades a hacer puñetas, con todos sus centros de investigación y sus universidades de filosofía, y sus institutos geológicos para la detección de volcanes. Y sigue girando la Tierra, implacable, porque no lo es, porque es un planeta que está ahí y gira por inercia,  porque todo lo nuestro le es tan ajeno como a nosotros lo suyo.

jueves, octubre 04, 2012

Los muertos no bailan

Sin sentir ni padecer, el dependiente del supermercado arrastraba la mopa por los ya limpios, inmaculados pasillos, entre cajas para reponer género, carros de clientes y niños que corrían en pos de sus madres. Ni siquiera tenía cara de bobo; para eso había que estar pensando en un beso, en el sabor del último helado o en la minifalda de la vecina. No podía, de hecho, decirse que tuviese cara. Estaba ahí, con su mopa, en mitad del camino de uno, estorbando, mientras trataba de llevarse por delante no se sabía qué. Y pensaba yo que ahí seguirá mañana, y pasado, y todos los días. Él y su mopa. Y su cara sin cara. A lo mejor está muerto, pensé. Igual es un adorno friqui del súper. Y me marché, sintiendo como la sangre corría por mis venas; por las mías sí. Eso me hizo sentir importante. Pero, al llegar a casa, hice lo mismo de todos los días. Entonces caí en la diátriba cartesiana: ¿Estaré muerta yo también? ¿De qué voy, haciéndome la interesante? Qué pedante me siento a veces.

lunes, septiembre 24, 2012

Noviembre
Ya era hora. Recogerse en casa después de salir de trabajar, ver el cielo oscuro, entrar en la penumbra y encender la luz mortecina que le da a la estancia un color amarillento. Hace un frío que pela, pero ahí está el calefactor, con más buena voluntad que resultados. Encenderlo, acercar las manos. Poner la tele. Muchas personas hablan a la vez, aturden. Mejor un buen reportaje, que al menos habla sólo uno, y las imágenes relajan. Las pantuflas, el sofá. Un plato caliente. Abrir la boca despacio, notar la textura, la temperatura alta, casi insoportable. Una sensación fuerte que duele, pero que hace reir. Otoño. La manta, el calorcito, el zumbido en las orejas, el sueño. Otoño otra vez.

sábado, abril 28, 2012


Mano muerta, pica a la puerta

Una de las últimas tardes de Abril la humedad hacía sudar las piedras que alfombraban la calle. Ninguna fuente de aguas transparentes dejaba oir el son del agua corriendo, ofreciendo la esperanza de una llegada, de una saciedad. Sólo el largo corredor que crecía delante hacía pensar en la intemporalidad, y pronto parecía que, mirando hacia atrás, ya no se iba a ver otra cosa sino la calle, la misma calle de piedras brillantes, mojadas. Pero apetecía seguir caminando, por inercia o sin ella, daba igual. La sensación no era desagradable,. ni daba miedo. Caminar sin más el sendero peligroso, las suelas resbaladizas, las casas flanqueando, un supuesto horizonte de fachadas que no acababa de materializarse. A veces era algo desesperante, vacío. Pero a los pocos pasos parecía nuevamente que el final estaba cerca, que las suelas iban a aguantar. Y de nuevo se veía el horizonte lejos, y volvía a parecer peligroso el camino. Pero es que había que caminarlo. Siquiera extender una mano hacia un lado, apoyarla en la pared para recordar que estaba ahí, aunque uno no la mirara ni la tocara. Pero estaba, y podía uno confiar en que, en cualquier caso, siempre ofrecería un soporte cuando el camino se hiciera insoportable. Tocar la pared, soltarla. Clavar los pies en el suelo, la vista al frente. Y caminar.

lunes, abril 02, 2012

El Cristo de las favelas

Impertérrito, físicamente por encima del Bien y del Mal, el Cristo Redentor observa callado, desde lo alto del Pan de Azúcar, la vida a sus pies. Verdugos, víctimas. Extorsiones, violaciones, asesinatos. Villas millonarias justo encima de las chabolas. Piscinas sobre charcas. Corruptos diferenciados tan sólo por la suerte. Ella determina quién vive en la villa y quién en la chabola. Ni una lágrima milagrosa en su rostro perfecto. Quieto, abarcando con sus brazos toda la miseria del mundo, sin ningún poder aparente sobre ella. Y bajo sus santos pies los niños siguen disparando a otros niños, las mujeres siguen siendo violadas, los chicos siguen traficando. Y todos le miran a veces. Unos para preguntarle porqué, otros para darle las gracias, otros simplemente porque está ahí.

lunes, octubre 10, 2011

Fratres

Lo que llega hasta lo más profundo del alma, como una cuerda vibrante in crescendo, que conmueve todo y todo lo hace vibrar, acelera la respiración, golpetea sincopadamente en el corazón y luego cae desnudando, abandonando, desamparando, dejando cualquier sentido pendiente de un hilo, con una tristeza infinita en lo más hondo, y prolonga el suspiro por lo que se fue, temblando, por el foro, sin que nadie lo viera. Golpes que pegan donde más duele, y siguen pegando hasta que sangra, y sigue sangrando hasta que la sangre se vuelve más clara, más líquida, y entonces fluye y fluye sin que sepa uno cuándo va a parar porque no importa cuándo.

sábado, septiembre 24, 2011

Ópera





El pequeño neutrino decidió darse importancia. Qué cara pondrían todos; las teorías de Einstein se irían al garete, y con ellas el orden del Universo. Comprendía que era esencial para la raza humana vivir sin miedo, y que la única manera de no temer era conocer, comprender. Sólo así se podía controlar, prever. Y por eso le había venido al hombre de perillas aquella estupenda ley física, corroborada cientos de veces desde los albores del siglo veinte. Qué bien. Ya tenemos un límite para la velocidad, ya podemos ponerle puertas al campo. El neutrino sonrió de lado, con una de esas sonrisas gamberras que sólo se ven en el cine. Él iría más deprisa que la luz, porque podía. Le sacaría la lengua a Einstein y después se pararía para ver la cara de memos de todos aquellos señores de bata blanca que se creían tan listos. Nunca, o como mínimo no enseguida, lograrían averiguar la causa. Imaginarlos así, desconcertados y asustados de nuevo, le divertía enormemente. No era maldad; es que él pensaba que era momento de poner las cosas de nuevo en su sitio. Así que tomó aire, se colocó en posición y echó a correr.

lunes, julio 18, 2011

Luna

       Antes de la aparición del "flautista mágico" que Julio César ideó para convencer a sus tropas de que cruzasen junto a él el Rubicón, poniéndose  muy a malas con Pompeyo y el Senado, Julio había pasado la noche mirándome a los ojos. Me preguntaba, preguntándoselo a sí mismo, si debía o no cruzar el río. Y yo, devolviéndole la mirada, no le dije nada, porque sé bien que los hombres que miran largo tiempo mi rostro buscan, en realidad, una respuesta que llegue desde dentro de su corazón. Por alguna razón, mi cara les permite ver esa respuesta. Lo mismo pasó siglos antes con Alejandro, poco antes de que le cogiesen las fiebres, cuando empezó a darse cuenta, tarde ya, de que sus generales eran demasiado ambiciosos. Han buscado mis ojos poetas, artistas de todas las especialidades, enamorados, muchachas. Y a todos ellos les he mirado yo, desde mi situación privilegiada, esperando con paciencia de madre que la luz blanca y redonda les devolviera el reflejo que se hallaba en su alma y que sólo podían ver en mí como en un espejo. Y ahí voy a estar siempre, noche tras noche, porque ese es el único objeto posible, la única vida.

viernes, octubre 15, 2010

Otoño y otoño



        Todos dicen que el otoño es gris, de la misma manera que dicen que el rey es campechano, o que España es diferente. Mira estas hojas. No me las he inventado yo, ni las he arreglado con el fotoshop. En realidad, el otoño es tricolor. Lo vi un día, hace muchos años, que pasé el puente del Pilar en La Vall de Boí, cerquita de Sort, antes de que todo el mundo empezase a ir a partir de Septiembre a La Bruixa D'or a comprar lotería. Por aquel entonces no había nadie en esos lugares. Pueblos como Durro o Sort estaban prácticamente desiertos. Pocas casas, casi nadie por las calles. Y, de fondo, las montañas. Siempre recordaré aquellos colores: todo era rojo, verde y amarillo. Las hojas que nacían, las que ya habían nacido y las que estaban muriendo. Se metía uno dentro de aquellos colores. Yo era joven y no tenía deudas, ni tarjetas Visa, y tenía padre y madre, hermanos, amigos. Tenía por entonces una vida despreocupada y diferente, muy diferente. Pero claro, yo no valoraba aquello. Yo me quejaba por todo, como todo el mundo. Por eso, supongo, recuerdo tan bien aquellos colores. Rojo, verde y amarillo. Podía uno meterse dentro; de hecho, estaba uno dentro. Y no veías nada más. Millones de hojas que te envolvían, que te protegían y te recordaban que eras de ahí, que tu sitio estaba ahí. No en la ciudad, no en el asfalto. Tenías, te decían, que volver con ellas para quedarte. ¿Acaso no te sentías agusto? Claro, pensabas. Por eso volví, años después. Por eso estoy cerca. Por eso ahora sé que el otoño no es gris.

lunes, septiembre 06, 2010

Panamá


Seguramente nadie me mandaba meterme en berenjenales, como decía mi abuela, pero yo siempre fui muy amigo de la aventura, supongo que por pura inconsciencia y por extrema juventud. Los mosquitos son grandes como galeones de seis palos, malditos sean. Y qué decir de las arañas, las víboras, y toda suerte de bichas raras que abundan por este sotobosque que tapa nuestros pies hasta las canillas. Las plantas, de hojas grandes como la vela mayor, nos azotan la cara. Las charcas putrefactas de aguas verdes nos cubren los pies, que ya nunca volverán a ser los mismos al salir de ellas. He visto compañeros morir por picadas de bichos cuyo nombre no conoceré jamás, porque no están en ningún tratado de zoología. Pero el capitán Morgan quiere tomar Panamá, porque dice que así todos alcanzaremos la gloria. Quién me mandaba. La gloria que estamos alcanzando es la de estas ciénagas apestosas y estas arañas peludas, y todos los malditos insectos y plantas carnívoras de este asqueroso manglar. Los honores, si los hay, serán para él. A nosotros no nos darán sino una sarta de latigazos los españoles que nos atrapen en su fortín, si es que logramos sobrevivir a su ira. Maldita sea mi sangre. Ni el sol se ve desde aquí. Miras hacia arriba, y sólo ves verde. Y a esa sombra crecen estos endiablados especímenes que nos están matando. Sólo espero que acaben con el capitán antes que conmigo. Y si llego a ver los muros de la ciudad... Para qué me haría pirata.

lunes, julio 12, 2010

A mi padre

Tenías que haberlos visto. Tú te acordarás de Guardiola, que jugaba de centrocampista en el último Barça que conociste, ¿no? Bueno, pues le hicieron entrenador de los cadetes. Y ahí se juntó La Gloriosa; un grupo de chavales de infarto. Uno de La Pobla, que se llama Puyol, y otro que vive ahí en la esquina de Miguel, que se llama Xavi. Y uno de Albacete, de Fuentealbilla, que en casa le llamamos Don Andrés, y otro con cara de Sembrador de patatas, que se llama Piqué. Y unos cuantos más, entre ellos un argentino que, cuando lo vió Reixach, le firmó a su padre un contrato en la servilleta de un bar, porque el Charlie ha tenido siempre mucho ojo. Y esos críos subieron con Guardiola a primera, y la formaron. Lo ganaron todo, todo. Anda que no me acordé de ti, con lo forofo que tú eras. Hasta a los más escépticos se les caían las lágrimas con el pibito y con esa línea en el centro del campo, y con las filigranas de Piqué en la defensa. Seis copas, papá. Todas. Y el seleccionador nacional (Vicente del Bosque; te acordarás de él porque jugaba hace siglos en el Madrid), va y los llama a todos para la selección. En el campo, tres del Madrid (uno el portero; un genio), otro del Sevilla, y todos nuestros chicos, siete. Y el de Fuentealbilla marca un gol que se nos cayeron a todos los palos del sombrajo, a cuatro minutos de ir a los penalties. Y tenemos la copa del mundo, papá. Míralos, ahí los tienes, la está levantando Don Andrés, para que puedas tocarla.

lunes, junio 14, 2010

Felicidad

Nunca se me habría ocurrido escribir sobre esto tan cacareado, sobre lo que todo el mundo lleva siglos  escribiendo una y otra vez. Pero creo que hoy es necesario. No voy a contar ningún rollo, tan solo repetiré lo que viene a mi cabeza cuando pienso en esa maldita palabra. Y es algo así: Suave, rojo, transparente, piel, ojos cristalinos, especias, carne poco hecha, pies, cielo, mar, arena, pasos acompasados, dulzura, penumbra, sueño, carcajada, niño, bombones, verano, luz, torrente, montaña verde, carretera, velocidad, nostalgia, sonrisa.

martes, mayo 18, 2010

La vida en un burka


Es difícil evitar la desazón, como mínimo, que produce ver una mujer con burka. Uno siente miedo. Miedo ante lo que no comprende, ante lo que le es tan ajeno. También se siente confuso, y sin duda, en la mayor parte de casos, siente uno compasión. Pobrecita. La obligan. Es imposible que vaya feliz de ese modo. Posiblemente. Lo más probable es que se sienta un bicho raro, que mire a las otras mujeres con envidia, no de la sana, que no existe, sino de la mezquina, la verdadera, la que da el verse observada por diferente, y la rabia de saberse compadecida. Toda una cultura ancestral, machista, conservacionista, mal entendida y mal interpretada, sostienen ese burka extendido sobre la vejada, la humillada mujer obligada a no lucirse en público, y no sabe uno si desea que la tierra se la trague, si se siente orgullosa por lo diferente, o si ni siquiera piensa ya en nada.

Mi vida en un burka

No había pensado nunca qué se sentiría con el pelo al viento, de la misma manera que un ciego no se pregunta en seguida qué será ver, cuando nació ciego. Cuando me lo planteé, sentí miedo, y preferí pensar en otra cosa. Sería lo mismo que si a una mujer occidental le proponen salir a la calle desnuda, e ir así al supermercado, a tomar café, o al colegio, a buscar a los niños. Ninguna mujer que haya salido a la calle siempre vestida deseará o soñará con salir desnuda como un anhelo irreprimible. Simplemente, le incomodará la idea, se reirá de la hipotética situación, y seguirá con sus tareas diarias pensando en otra cosa. No puedo entender cómo es posible que nadie lo comprenda. En el mundo occidental se dan por buenos unos parámetros, y por sentado que el resto del mundo los considera los deseables, los envidiables, el objetivo a alcanzar. Mi prima es tuareg. Ella vive en el desierto con su esposo de cara azúl, y su vida es dura y salvaje. Yo le pregunté un día si no preferiría vivir en la ciudad, como yo. Me miró con condescendencia, sonriendo triste, y me dijo: "No sabes lo que dices. Tú no entiendes". Y volvió, orgullosa, con sus cabras, sus hijos y su cueva. De la misma manera, yo adoro mi sensación de incógnito. Es como si guardase mi personalidad sólo para mí y para los míos. Por la calle no existo, y eso me gusta. No creo que nadie sea mejor que yo. Y menos quienes son incapaces de comprender que las diferencias son sólo una cuestión social, porque, desnudos, todos somos, más o menos, iguales.

jueves, mayo 13, 2010

Asfalto


Sin notar apenas los baches de la carretera gracias a los maravillosos neumáticos (tecnología punta) del autobús, puedo mirar los campos, las montañas al fondo, los pueblos. Puentes sobre mi cabeza y obras para hacer mayores los arcenes. Junto a uno de ellos, tres grandes bloques de cemento pintados de amarillo, delimitando el espacio donde trabajan, o trabajaron, los obreros de lo público. En el primer bloque, pintado con un spray blanco, "Te quiero". En el segundo, a pocos metros, "Te echo de menos". En el tercero, "Siempre tuyo". Y me da por pensar en el adolescente, sentado sobre el asfalto con sus vaqueros rotos, mostrando la ropa interior, pensando que así mola más, tratando de impresionar con su poesía urbana a la ingrata que se fue. Pienso en su corazón roto, en su almohada empapada por el llanto, en su mirada perdida tras el cristal sucio del aula del instituto. Y pienso si todavía la llorará en silencio, si le estará sangrando aún el corazón que no conoce el consuelo, o si habrán pasado ya suficientes meses como para que su melancolía haya remitido algo o del todo, de un plumazo, como suelen suceder estas cosas, y sea ya otra la que escuche en su oído que él es siempre suyo, con ese "siempre" tan caduco de lo que es fresco.

jueves, febrero 18, 2010

Inuyasha y macarrones



Era dificil imaginar qué cambiaría si viniera una guerra; tan grande era el sentimiento de intemporalidad. Ya podía reventar el mundo, que dijeran lo que dijeran las noticias, todos los mediodías estaba ahí el plato caliente y los dibujos animados, contando historias ajenas a lo cotidiano, pero cercanas por la familiaridad que habían creado entre nosotros. ¿Guerra? Sólo los horrores que lograsen mellar el corazón cambiarían algo. Simplemente las imágenes que se metieran en la cabeza por lo espantosas, por lo terroríficas, conseguirían que nuestras almas, un poco más viejas, dejasen caer la cuchara con indiferencia ante el manjar, y mirasen sin ver la animación en la pantalla. Mientras tanto, nada mutaría la calma, vestida de diario, plácida en lo habitual, lo conocido, lo familiar, lo amado. Ese calor nos mantendría vivos para siempre, y nos permitiría respirar hondo, sentir el aire, y dar otro paso.

miércoles, febrero 10, 2010

Nimiedades


El gran cañón del Colorado es una vistosa y escarpada garganta formada por el paso del río Colorado, al norte de Arizona. En algunas zonas, su profundidad es de 1.600 metros. Si nos fijamos en las personas que salen en la foto, nos costará algo verlas, puesto que no deben medir más de dos milímetros. Pero eso sí, todos pagan impuestos, visas, y probablemente hipotecas. Todos se deprimen en su trabajo, o en su paro, y todos miran hacia arriba buscando respuestas. Es posible que crean en Dios, y sonrían reconfortados pensando en su superioridad humana sobre los animales, en la perennidad de su alma inmortal que irá al Más Allá cuando muera su cuerpo. También puede que miren con suficiencia a su compañero o a su vecino, porque el pobre es infinitamente más infeliz que ellos, porque sabe menos y tiene menos, o igual le miran con envidia porque su coche es mayor o tiene hijos. Pero ahora, mientras miran hacia abajo, hacia el fondo de esos 1600 metros, seguramente no se acuerdan de todas esas cosas. En cambio, tendrán la mente en blanco, con una clara sensación de vértigo y un subidón de adrenalina. Y quizás se marchen de ahí pensando diferente acerca de sí mismos, sus hipotecas y sus vecinos, impresionados por la magneficencia de la naturaleza. De una naturaleza terrestre en un planeta de 510.000 kilómetros cuadrados, suspendido en el Sistema Solar entre otros nueve planetas, casi todos bastante mayores; sistema que a su vez pertenece a la Vía Lactea, con un diámetro de cien mil años luz, que a su vez se halla en el Universo...

martes, febrero 02, 2010

Beautiful looser


"Dame", me dijo sin mirarme, "una razón para seguir. Porque miro el camino, y es que no lo veo". "Seguro que no lo miras bien", contesté, "porque está, vaya que sí, y lo estás pisando. A lo mejor no lo ves por eso, porque vas pisándolo". Siguió caminando, pero bajó la vista, como para corroborar lo que yo le había dicho, que el suelo estaba ahí. Su rostro no mudó al comprobar que así era. "Y te diré otra cosa; no pises fuerte el sendero, sólo ve de puntillas, recórrelo deprisa, y métete en casa antes de que el demonio se entere. Porque si no, la realidad empieza a vibrar hasta que se rompe, y cuando comienza a hacerse pedazos, ya no para. Y se cae, y te da". Entonces sí me miró, pero sus ojos transparentes no parecían decir nada, ni estar pensando. Era como si viese a través de mí. De modo que nada sucedió, y seguimos andando, mirando la puerta de la casa del final del camino.

viernes, noviembre 20, 2009

Ande, ande, ande


Y un día, al salir a la calle, vi el reventón de bombillas de colores, y me di cuenta de que sólo se oían villancicos y eso. Las mujeres, en los días clave, aparecían repeinadas y con zapatos de tacón que no sabían llevar, porque van siempre con deportivas, y apestaban a una colonia demasiado exuberante que no suelen ponerse, y los hombres tenían una mirada entre soñadora y de asco. Por eso me fui de allí a una ciudad que no conocía, para estar fuera de todo aquello, para sentir, por una vez, el anonimato entre la multitud, la exclusividad de saber que, en un día como aquellos, nadie te espera. Y salí a la avenida más ancha, de esas avenidas que tienen las ciudades que se creen importantes sin serlo, y vagué entre los otros, en la misma dirección, sin mirar las luces ni el árbol de Navidad, sino tan solo sus caras. Vi una chica enamorada que miraba con devoción a un muchacho despistado que le tomaba la mano como si fuera un pescado. Vi un anciano con pajarita y gorra caminar deprisa con una caja atada con un lazo. Vi también un matrimonio de mediana edad vestidos con ropa cara, caminando aburridos, sin dirigirse la palabra. Y vi niños, muchos niños, que reían, que corrían, que cantaban. Cuando hube visto suficiente me sentí igual que antes, y volví a casa.