Parece que fue el griego Sótades quien descubrió esto de los palíndromos. Complicado y curioso juego. Y cuando ya mirábamos sin asombro alguno cómo daba arroz a la zorra el abad, descubrimos que "la ruta nos aportó otro paso natural", o que un vendedor de jabón es un "saippuakauppias" en finés. Pero el más bonito es ese palíndromo latino, el que nos habla del sembrador Arepo, que guía con destreza las ruedas: Sator Arepo tenet opera rotas. ¿Qué tiene de bonito? Vamos a escribirlo en cuadro:
SATOR
AREPO
TENET
OPERA
ROTAS
Anda, mira, si se lee igual en horizontal que en vertical! Y además, parece ser un mensaje en clave de un grupo marginal de la época: Ordenando las letras de otro modo, se leen dos Pater Noster. Claro que sobran una A y una O... Alfa y Omega?
lunes, junio 23, 2008
jueves, junio 05, 2008
La importancia de llamarse Maya

La señorita
del traje a rayas
lirios y nardos
polinizaba.
Vuela que vuela,
la rosa blanca.
Zumba que zumba,
dalia morada.
"Si crece el campo
es por mi gracia.
Sin mis mercedes
no corre el agua".
Y dice el campo:
"¡Qué pretenciosa!"
Y dice el río:
"¡Y qué chistosa!"
En su colmena,
la noche en calma,
su mente en blanco
ve dulces bayas.
No tiene vida,
no tiene alma,
la señorita
del traje a rayas.
lunes, mayo 12, 2008
Kyrie, eléison

Con el alma pendiente del único hilo que la vinculaba ya al cuerpo encogido y medroso, tratando de seguir ahí para no caer en el vacío, mi vida pasaba, en imágenes sueltas, ante mis ojos. Apenas recuerdos, tan solo sensaciones; sabores, olores, impresiones. El miedo y la angustia apoderados de mi ser, habían dejado ya sin fuerzas a mis huesos y mis músculos, y mis tendones, y todos mis miembros. Lo único que quedaba ya era abandonar la lucha, y dejar que todo fluyera suavemente. "Christe, eléison", le hablé de nuevo, como antes. "Sé que no estás, que no me escuchas. Pero ven. Sé que no tiene sentido, que es imposible. Pero te necesito. Necesito que tú lleves mi carga. No puedo sola. Kyrie, ayúdame". Fui deshojando la letanía. Ora pro novis. Las palabras ancestrales pesan, sólo por haber sido repetidas millones de veces durante millones de años, tal vez. Reconfortan. Y el alma sintió aquel bálsamo restaurador. "No estás sola". Lo estoy, pero no importa. Confío en ti.
viernes, mayo 09, 2008
La hoguera

Era como si todos viviéramos en casa de todos. Las puertas abiertas, y tanto daba merendar en casa de la señora María que pasar la tarde en casa de Antoñita. Los descansillos eran como un infinito laberinto por el que nos perdíamos todos los chiquillos de la escalera, jugando al escondite o a la peonza, o a los cromos de picar, con las manos llenas de purpurina. Recuerdo las risas. Todos reíamos siempre, menos las madres, que siempre se quejaban de lo caro que estaba todo, de lo dificil que era vivir, pero pagaban puntualmente el alquiler, y nunca faltaba buena comida en la mesa. Nadie se preocupaba demasiado de ser el mejor, ni de demostrar nada. Nadie soñaba siquiera con comprar una casa, ni con tener un coche. Se podía ir en tren. Lo único importante era salir pronto del trabajo para poder observar la colección de mariposas disecadas, o el partido, que hoy juega el Getafe. Lo que importaba era estar todos a la mesa. Y blablabla, y que si esto, que si aquello. Y en San Juan, hacer la hoguera más grande del barrio. Organizar una verbena en el terrado, con la señora María, y Antoñita, y todos los chiquillos. Y el señor Pepe, el marido de Soledad, la gorda, cuyas piernas se juntaban desde las rodillas, compraba al menos dos duros de petardos, y los atábamos todos juntos, y los encendíamos, y nos tapábamos los oídos. Y la hoguera subía y subía, y casi se podía tocar desde arriba.
Decía el poeta que cualquiera tiempo pasado fue, a nuestro parecer, mejor. No sé si es sólo nostalgia, pero creo que no. Creo que ahora estar juntos a la mesa y reir es lo que menos importa. Y nadie entra sin llamar a casa del vecino. Ni llamando, de hecho, porque nadie conoce a su vecino. Y todo es trabajar y pagar, y da igual si juega el Getafe. Y los niños se crían solos ante la tele, o conectados a internet. Y ya nadie hace hogueras, porque el Ayuntamiento las ha prohibido.
Decía el poeta que cualquiera tiempo pasado fue, a nuestro parecer, mejor. No sé si es sólo nostalgia, pero creo que no. Creo que ahora estar juntos a la mesa y reir es lo que menos importa. Y nadie entra sin llamar a casa del vecino. Ni llamando, de hecho, porque nadie conoce a su vecino. Y todo es trabajar y pagar, y da igual si juega el Getafe. Y los niños se crían solos ante la tele, o conectados a internet. Y ya nadie hace hogueras, porque el Ayuntamiento las ha prohibido.
martes, marzo 04, 2008
La boca del lobo

Caminando como siempre de puntillas sobre la linde que separa mi bien de mi mal, pensando sin pensar de nuevo, con esa paz neutra que da la saturación de sensaciones, miré hacia el cielo nocturno, y tan sólo vi la muerte mirándome con su cara de niña anoréxica, sacando de su mangajal la romana y poniendo en uno de sus platos todas mis lágrimas, mis risas, todo lo que he pensado, dicho y hecho en nombre del amor bien entendido, sin cobardía, sin inercia, tan solo por aquello que me ha rebosado del corazón, y en el otro plato mis mezquindades, mis miserias, mi estúpida obstinación en no ver ni oir, mis egoismos y mi inconsciencia, y me pregunté si entonces, como ahora, las estrellas me devolverían la sonrisa.
jueves, febrero 21, 2008
Hormigas

Sólo duró un instante, pero al mirar hacia el interior de la ventana pude recordar con toda claridad la sensación. Llegar a casa por la noche, a aquel cajoncito infame a pagar en cuarenta años, de cincuenta o sesenta metros cuadrados, a lo sumo, con un poco de suerte, y sentarse en el comedor, a la mesa mejor que en el sofá, bajo la luz mortecina de una lámpara que se esforzaba en expandir la luz muy lejos de los trescientos mil kilómetros por segundo que se le suponían, que bastante trabajo tenía ya para encenderse. Poner la tele, a ver qué dan, y recordar en pocos minutos que había que hacer la cena, y levantarse para ir a la cocina. Felicidad. Placidez. Esa sensación de seguridad que da al ciudadano saberse respirando, llorando, riendo y haciendo el amor sobre la cabeza del vecino de abajo, que a su vez se desespera, se ilusiona, vive y muere sobre la cabeza de su vecino de abajo, que a su vez...
El cajón parece no permitir respirar, pero alberga cientos de vidas que sí respiran, que sí palpitan. Sus ojos encortinados se abren sólo a veces, no para permitir que entre la luz, sino para que salga, para que ilumine la calle con la triste alegría que da lo cotidiano, lo sencillo, lo familiar. La sonrisa se dibuja en el rostro que me devuelve la mirada desde la ventana, tan arriba, para enseguida dar un paso atrás y dejar caer la persiana con un cierto aire de suficiencia.
El cajón parece no permitir respirar, pero alberga cientos de vidas que sí respiran, que sí palpitan. Sus ojos encortinados se abren sólo a veces, no para permitir que entre la luz, sino para que salga, para que ilumine la calle con la triste alegría que da lo cotidiano, lo sencillo, lo familiar. La sonrisa se dibuja en el rostro que me devuelve la mirada desde la ventana, tan arriba, para enseguida dar un paso atrás y dejar caer la persiana con un cierto aire de suficiencia.
lunes, febrero 11, 2008
Piedras
Regreso al barrio muchos años después. Camino, miro, busco. El olor a cerrado, a piedra vieja.Todo ha cambiado, pero no lo veo; las calles son más diáfanas, pero yo sigo viendo los angostos túneles de mi niñez, por los que me afanaba ("date prisa..!") para no llegar tarde al colegio. El colegio. Apenas puedo creer que ese edificio tan pequeño, vetusto, olvidado, fuese el lugar al que acudía a diario con mis hermanos, allí donde sucedían tantas cosas, encuentros y desencuentros, el sentimiento de abandono, de estar perdida, amigos, enemigos, maestros lejanos de los que apenas se podía conocer el nombre, pequeñitos al fondo de la clase, con su voz meridiana por encima del murmullo constante de las nuestras, cantarinas e infantiles. Verlo ahora desnudo, ruinoso, solo. No me acerco. Voy por otro camino hasta mi casa. Mi casa. Qué pequeño el portal. Toda la casa está diferente, pero el portal es el mismo. Ya no está el callejón que separaba mi casa de la contigua, donde se escondía mi hermano para esperar a sus enemigos y mantener una nueva pelea, el callejón por donde se tiró aquella loca y se mató, y su sórdido fantasma nos hacía pasar a mi hermana y a mí corriendo por delante, apenas mirando adentro un momento, con el temor de la mujer de Lot. Ya no está la tienda, ni la anciana que se sentaba en la puerta de delante y nos miraba sin vernos. Pero la plaza sigue ahí, y el bar, y tantas otras cosas. La ciudad sigue siendo la más hermosa del mundo, a pesar de los pesares. Y la niña que fui me sigue saludando desde la azotea, moviendo su manita y sonriéndome, con su falda ínfima y sus dos coletas, como magníficas escobas.
miércoles, febrero 06, 2008
What a wonderfull world

Podía mirar hacia el cielo sin más. Libre al fin de la carga de la vida, de los recuerdos. De los hijos ingratos, de los seres queridos que se fueron y se seguían yendo. De la nostalgia por aquella mujer a la que cualquier hombre que tuviese sangre en las venas se giraba a mirar, soltando un requiebro castizo ante el balanceo hipnótico de sus caderas, tan rotundas e incontestables. Aquella a la que jamás se le ponía nada por delante, que podía con todo, como un animal de carga inteligente que no sólo arrastraba, sino que organizaba, construía, tocaba con su varita mágica todos y cada uno de los rincones de su vida, de su casa, de todo cuanto estaba bajo su manto, y le daba vida. Aquella que, por dar, se olvidó de quedarse con algo para sí, y un día vió que lo había perdido todo sin darse cuenta. Y por eso fue borrando, uno tras otro, todos los recuerdos que su memoria se empeñaba en almacenar. Y al fin lo logró. Había soltado toda su carga, y con ella todas las amarguras, y todas las barreras de su alma. Y podía mirar hacia el cielo sin más, y sonreir pensando en el suave calor en su cara.
Requiem

Tomaré mi corazón entre mis manos, lo acercaré a mi boca y lo calentaré con mi aliento. Se sentirá así ligero y suave, y tendrá ganas de dormirse y de soñar. Acariciaré mi piel y abrazaré mi cintura, y sonreiré feliz. Abriré los ojos, y la herida salvaje del sol hará que los cierre con el regocijo de sentir. Dejaré que la primavera haga nacer la vida en mi cuerpo y en mi alma. Caminaré sola, con la mirada fija en el horizonte que salta hacia mí a la vuelta de la esquina. Y veré el Miedo y la Muerte alejarse, diluirse, perderse. Respiraré, y mi cuerpo flotará, lleno de oxígeno, y ya no habrá nada, salvo el ángel que me mira.
viernes, enero 25, 2008
El idiota

No tenía ojos, ni labios. Sólo orejas, y apenas se veían. No había en su cara nada que hiciese pensar en sentidos, ni en sentimientos. Era un hombre igual. Como todos los demás. La misma raya a un lado de la estrecha cabeza, con la misma ropa cortada por el mismo sastre, con los mismos hijos en el mismo colegio. Se las había arreglado para que cinco años de carrera y cuatro de estudios superiores no dejasen mácula alguna en su perfecta cobertura de estulticia. Era como si fuese capaz de recibir y retener ciertas informaciones sin que estas conectasen entre sí, y sin que su cerebro se viese afectado por ello. Su mujer también era igual. Delgada, con cara de asco ante cualquier cosa, animal o ser humano, también con la misma ropa, las mismas botas de tacón alto, el mismo peinado cortado igual, con el mismo tinte. La misma suficiéncia. La misma auséncia de sentimiento, de inquietudes. El miedo a la muerte, a la sangre, a todo lo que olía a natural, a real. El mismo desprecio por los pocos diferentes, por los libres. Horas blancas, fabricando seres iguales a ella, a él, a todos. Eso era seguro. Siempre había sido así. La inercia le hacía sentir que controlaba la situación. Todo está bien mientras lo haya estado durante generaciones. Si no palpita, no puede doler. Y un día, y otro. Y otro.
viernes, enero 18, 2008
Un vacío en la boca del estómago
Tantas veces sentida, saboreada u odiada, la vieja sensación se repite una y otra vez. No deja tragar, no deja dormir, no deja pensar en otra cosa. Ya sea por enamoramiento o por deseos de suicidio, ya por estar colgando sobre un abismo asidos apenas por nuestra mano a una piedra poco confiable, o por el simple deseo de caer como vampiros sobre aquello que sabemos nos saciará en cuerpo y espíritu, la sensación se repite una y otra vez a través de los años, pocos o muchos, buenos o malos. Y sólo algo nos deja siempre claro: que, para bien o para mal, seguimos estando vivos.
viernes, enero 11, 2008
De profundis
miércoles, enero 02, 2008
Aurora boreal

Las luces del norte, llamadas auroras boreales, son algo realmente maravilloso, algo poético, increíble, que cuando las ves en fotos como esta piensas: "Lo que se puede llegar a hacer con el Photoshop", pero no, las auroras boreales existen, aunque a veces cuesta creer que algo tan bello, excepcional, que parece sacado de un cuento de hadas, exista. Al principio, cuando las vi por primera vez en una foto, yo tampoco creí en ellas, pero es verdad, existen de veras. Cuando ves el cielo nocturno teñido de hermosos colores que parece que fluyen entre la oscuridad del crepúsculo, creeme, estás contemplando una de esas cosas maravillosas que parecen sacadas de un cuento de hadas pero que existen, una aurora boreal.
Judit
Judit
Respirando
Quería permanecer con mi nariz hundida en el huequito entre su cuello y su hombro, continuar respirando el olor de su piel a través del algodón de su pijama. No sabía cómo, pero tenía que retener ese aroma para siempre. Tiempo vendría, mucho antes de lo deseable, en que le tocaría sufrir, luchar, hacer esfuerzos de voluntad, demostrarse a sí mismo toda suerte de cosas, yo puedo, yo sé, yo soy capaz. Y en esas guerras nadie iba a poder estar lo bastante cerca. Pero ahora no. Ahora sus bracitos rodeaban mi cuello, mi cara notaba la calidez de la suya, y mi nariz, obstinada, continuaba respirando su olor. Respira, respira. Retén la sensación, el recuerdo. Nunca, nunca lo olvides.
viernes, diciembre 14, 2007
Ya no es Navidad

Hoy quiero hacerte un regalo. Algo cálido, suave y blando, que puedas tocar con las puntas de tus dedos fríos. Algo que te recuerde que, cerrando los ojos, todavía se pueden ver más cosas que con los ojos abiertos. Que te haga pensar en árboles frondosos (respira, nota su olor), en cielos azules que dañan la vista con su fulgor, en el viento fuerte en la cara, que despeina y no deja hablar, porque devuelve las palabras de nuevo. Algo que te recuerde que, a pesar de todo el decorado, de los tonos grises, de las luces de colores que se funden, de las bolas del árbol que se rompen, de las sonrisas pintadas, de las miradas vacías, todavía quedan sabores genuinos, corazones llenos, manos que se alargan. Y que basta con tomar aire para sentir cómo se hinchan los pulmones, cómo llega el oxígeno hasta los tobillos. Y basta con abrir los ojos para que la luz los ciegue y los llene de colores y de formas. Y basta con sonreir para que cualquier alma sola y perdida devuelva la sonrisa con generoso agradecimiento. Toma mi regalo, y ponlo allí donde siempre puedas verlo. Así, aunque no quieras, siempre recordarás que no todo es mentira.
lunes, diciembre 03, 2007
De la apariencia

Si miras de lejos, es porcelana. Hermoso rostro, frío, hasta hierático. En su perfección, es como si no dijese nada. Acércate. Puedes tocar la nariz, la boca. Se estremece bajo tu mano. Observa, deja que la sensación del contacto te llene. Piérdete en la mirada, en la suavidad. Entonces podrás ver el alma. Y el alma es mucho más hermosa que la forma, más que la textura. Desde entonces, siempre tocará la tuya, cada vez que te pares un momento a mirarla, cada vez que le des el tiempo suficiente, cada vez que, por un momento, te detengas y mires.
miércoles, noviembre 21, 2007
Navidad

Llega la Navidad
con sabor de mazapán,
de turrón, de mieles y de pan.
Vamos a celebrar
la familia en el hogar
nuestra Nochebuena una vez más,
con nueces, peladillas,
y un poquito de champán,
cantando una canción
que diga con mucha humildad
que aquí desde mi escuela
le pido a la humanidad
que reine la paz.
jueves, octubre 25, 2007
Sensaciones

Recordaba el olor a café en la casa del barrio viejo, y el lento despertar que me producía. Retirar despacio la ropa de mi cara, y sentir la nariz congelarse en el acto. No tardaba en llegar la madre, apremiándome a vestirme para no llegar tarde al colegio. Sus prisas, su parloteo rápido, como de estar eternamente enfadada con alguien o con algo. Levanta, vístete, me decía, mientras ella misma me ayudaba con los calcetines, con los botones, con las cremalleras. Un dolor infinito, casi irracional, cuando el jersey de cuello demasiado pequeño entraba por la cabeza, pegado a ella, y pillaba las orejas a contrapelo. Superado el principal obstáculo, el jersey seguía ciñéndose por los brazos y el cuerpo. Yo siempre pensaba que era justo eso lo que debía sentir un conejo cuando le arrancaban la piel, y así se lo hacía saber a la madre, que asentía sin oir, con la cabeza ya un cuarto de hora por delante del momento presente. Me hacía coletas. Una raya perfecta, desde la frente hasta la nuca, me dividía el pelo en dos porciones exactas, y cada una de ellas quedaba anudada a un lado de mi cabeza, en dos maravillosas escobas que yo me complacía en menear con orgullo, como un símbolo de exuberancia. El abrigo de paño, la falda ínfima, los calcetines largos. El olor a humedad, a piedra vieja, de la calle. La enorme puerta de madera deslucida de la escuela, la tromba de niños. La madre que sonríe. La madre que se aleja. Los ojos solos buscan, pero ya no encuentran.
viernes, octubre 19, 2007
Ojos

La curvatura del ojo humano es de cincuenta milímetros. Si miramos a través de una lente de igual curvatura, vemos las cosas del mismo tamaño, proporciones y aspecto que con nuestros propios ojos. Pero si la lente es de treinta y cinco milímetros, vemos a través de ella más pequeño y abombado todo cuanto miramos. Y yo me pregunto: Si el ojo humano tuviese una curvatura de veinticinco milímetros, lo que se llama ojo de pez, ¿tedría el mundo que conocemos el mismo aspecto?
miércoles, octubre 17, 2007
Por si me muero

Dios, sabiéndose el sumo hacedor de todas las cosas, y por tanto dueño y señor del tiempo, siente a veces la necesidad de ejercer ese despotismo característico de los que poseen un monopolio incontestable, y hace que un Mercedes se nos cruce por delante en la autopista, porque se pasaba la salida, y a saber dónde habría podido si no dar la vuelta, o que los oxidados bracitos de la arandela que sostiene ese tiesto de veinte kilos en la frágil baranda de un balcón cedan por fin, justo cuando pasamos, nosotros y nuestra cabeza, por debajo. Es por eso que os escribo a los que os amo estas líneas, para que no os quedeis demasiado desorientados si algo me sucede de repente.
Todos mis créditos gozan de un seguro que los pagará automáticamente, previo aviso a la compañía aseguradora, eso sí, antes de que pasen veinticuatro horas desde el siniestro, que las companías aseguradoras son muy miradas para estas cosas de los plazos, y es que uno no se hace rico así porque sí.
No os preocupeis tampoco porque vaya a faltaros mi amparo; sin duda tendreis a quién acudir para que os cuide y os proteja, que quien es digno de ser amado, como vosotros lo sois, invariablemente tiene siempre quien le ame.
Y si se os hace difícil no poder perder vuestra mirada en el fondo de la mía, y que no podamos ya sentir esa sensación de ahogo al no saber qué decir, porque no hace falta, porque los ojos y las manos y los labios lo dicen todo, tened presente que cuanto os di, con vosotros queda, y cuanto me disteis, conmigo me lo llevo.
Todos mis créditos gozan de un seguro que los pagará automáticamente, previo aviso a la compañía aseguradora, eso sí, antes de que pasen veinticuatro horas desde el siniestro, que las companías aseguradoras son muy miradas para estas cosas de los plazos, y es que uno no se hace rico así porque sí.
No os preocupeis tampoco porque vaya a faltaros mi amparo; sin duda tendreis a quién acudir para que os cuide y os proteja, que quien es digno de ser amado, como vosotros lo sois, invariablemente tiene siempre quien le ame.
Y si se os hace difícil no poder perder vuestra mirada en el fondo de la mía, y que no podamos ya sentir esa sensación de ahogo al no saber qué decir, porque no hace falta, porque los ojos y las manos y los labios lo dicen todo, tened presente que cuanto os di, con vosotros queda, y cuanto me disteis, conmigo me lo llevo.
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