lunes, julio 12, 2010
A mi padre
lunes, junio 14, 2010
Felicidad
martes, mayo 18, 2010
La vida en un burka
Es difícil evitar la desazón, como mínimo, que produce ver una mujer con burka. Uno siente miedo. Miedo ante lo que no comprende, ante lo que le es tan ajeno. También se siente confuso, y sin duda, en la mayor parte de casos, siente uno compasión. Pobrecita. La obligan. Es imposible que vaya feliz de ese modo. Posiblemente. Lo más probable es que se sienta un bicho raro, que mire a las otras mujeres con envidia, no de la sana, que no existe, sino de la mezquina, la verdadera, la que da el verse observada por diferente, y la rabia de saberse compadecida. Toda una cultura ancestral, machista, conservacionista, mal entendida y mal interpretada, sostienen ese burka extendido sobre la vejada, la humillada mujer obligada a no lucirse en público, y no sabe uno si desea que la tierra se la trague, si se siente orgullosa por lo diferente, o si ni siquiera piensa ya en nada.
Mi vida en un burka
No había pensado nunca qué se sentiría con el pelo al viento, de la misma manera que un ciego no se pregunta en seguida qué será ver, cuando nació ciego. Cuando me lo planteé, sentí miedo, y preferí pensar en otra cosa. Sería lo mismo que si a una mujer occidental le proponen salir a la calle desnuda, e ir así al supermercado, a tomar café, o al colegio, a buscar a los niños. Ninguna mujer que haya salido a la calle siempre vestida deseará o soñará con salir desnuda como un anhelo irreprimible. Simplemente, le incomodará la idea, se reirá de la hipotética situación, y seguirá con sus tareas diarias pensando en otra cosa. No puedo entender cómo es posible que nadie lo comprenda. En el mundo occidental se dan por buenos unos parámetros, y por sentado que el resto del mundo los considera los deseables, los envidiables, el objetivo a alcanzar. Mi prima es tuareg. Ella vive en el desierto con su esposo de cara azúl, y su vida es dura y salvaje. Yo le pregunté un día si no preferiría vivir en la ciudad, como yo. Me miró con condescendencia, sonriendo triste, y me dijo: "No sabes lo que dices. Tú no entiendes". Y volvió, orgullosa, con sus cabras, sus hijos y su cueva. De la misma manera, yo adoro mi sensación de incógnito. Es como si guardase mi personalidad sólo para mí y para los míos. Por la calle no existo, y eso me gusta. No creo que nadie sea mejor que yo. Y menos quienes son incapaces de comprender que las diferencias son sólo una cuestión social, porque, desnudos, todos somos, más o menos, iguales.jueves, mayo 13, 2010
Asfalto

viernes, abril 16, 2010
jueves, febrero 18, 2010
Inuyasha y macarrones

miércoles, febrero 10, 2010
Nimiedades

martes, febrero 02, 2010
Beautiful looser

viernes, noviembre 20, 2009
Ande, ande, ande

jueves, octubre 29, 2009
La memoria de los nuestros
lunes, agosto 31, 2009
Cielo francés

martes, agosto 04, 2009
Eh, ponedme algo!!!
lunes, agosto 03, 2009
Arcania

viernes, julio 10, 2009
Decálogo de la fe

1) La fe es real, indiscutible e incuestionable.
2) La fe se retroalimenta. No depende de cosas que sucedan o que no sucedan, existe en sí misma y para sí misma.
3) La fe se respalda en un Dios.
4) El Dios no es bueno ni es malo, es Dios. Nuestras escalas de valores de nada sirven con Él.
5) Es inútil rezarle o agradecerle al Dios. Nada cambiará por ello para bien ni para mal. El Dios seguirá ahí de todos modos, así como el curso de las cosas no variará para nosotros según actos de ese tipo.
6) La fe y el Dios dan fuerza y sentido a las cosas tan solo por el hecho de estar ahí.
7) No importa porqué ni para qué, ni cuándo ni cómo. Nada importa. Lo único importante es estar sobre ese acantilado y poder cerrar los ojos y dar un paso al frente.
8) La fe no debe ser interesada, debe ser sólo fe. Cualquier cosa que se haga por inercia o por agradar a un Dios no tendrá valor alguno. La fe sólo puede existir si es real, y sólo es real cuando no es racional.
9) La fe debe ser inquebrantable. Nada que suceda puede, para bien o para mal, mutarla en ningún sentido. Si esto sucede, no es fe.
10) Todo esto puede ser mentira, pero es mejor que no lo sea.
miércoles, mayo 20, 2009
El bostezo

Ana Vila iba al instituto del barrio, como cada mañana. Salía de casa muy temprano para llegar pronto, para que la gorda Josefina no le quitase la silla. Y es que Josefina, además de ser gorda, tenía muy mala uva, y no permitía que nadie le llevase la contraria en nada, y de ningún modo iba a moverse de su silla por más que estorbase con su gran cuerpo a las lagartijas que se sentaban detrás. Y Ana era una de esas lagartijas, además de no oir muy bien, así que necesitaba sentarse delante. No tenía ya sueño; la ducha matutina le había sentado genial, como siempre. Pero el bostezo de Arturo Mendoza no la dejó indiferente. Y, justo al cruzarse con una mujer que llevaba un traje de chaqueta y un cochecito con un niño dentro, Ana Vila bostezó.
Aurora Fernández salía cada mañana algo nerviosa de casa. Era importante ser puntual en la empresa; bajo ningún concepto podía llegar después de Jorge, su compañero y competidor para el puesto de director de departamento. Pero Aurora, a diferencia de Jorge, tenía un hijo. Y claro, el niño tenía que desayunar e ir bien arregladito a la guardería. Por eso Aurora corría mucho por las mañanas, para tener tiempo de vestirse, desayunar, vestir al niño, llegar a la guarde, salir corriendo a la oficina, y llegar antes que Jorge. Ni siquiera se fijó en Ana Vila, cuando pasó a su lado bostezando. Pero su hijo sí lo hizo.
Ariel Eisen estaba en España de incógnito. La CIA le había pedido su colaboración una vez más para mediar con un influyente personaje palestino. Era imprescindible llegar ya a un acuerdo de paz, y el precio era casi lo de menos. Se trataba de lavar la cara de Israel, y desde luego, la de Estados Unidos, que eran prácticamente acusados de colaboracionismo con los israelíes en la prensa, y eso era algo que no interesaba en absoluto. Así que ahí iba Ariel, en el asiento trasero de un discreto coche de cristales oscuros, de camino hacia su importante reunión con un hombre que, en el último año, había ordenado inmolarse a muchos niños en nombre de Alá. Mirando la calle, reparando sin apenas ver detalles en esta o aquella cara, sus ojos se cruzaron de pronto con los de un niño pequeño que, mirándole sin curiosidad, abrió de pronto su boquita tanto como pudo, en un gran bostezo.
Mohammed Yossuff daba vueltas por la habitación del hotel de lujo como una fiera enjaulada. Eisen tenía fama de diplomático, de escuchar y todo eso, pero él sabía que no era sino un perro a sueldo de los americanos. Y, desde luego, no iba a consentirle que, con tres sonrisitas y un par de palmadas en el hombro, le despachase como si tal cosa y todo siguiese igual. Yossuff quería un compromiso firme: Una retirada incondicional de tropas, o seguiría habiendo víctimas inocentes. Cuando Eisen entró en la habitación, Yossuff le miró de hito en hito: Como había imaginado; cara amable, traje de corte perfecto, nariz extra larga. Aún así, le dió la mano, y sin más preámbulos pasó a contarle sus exigencias. Ariel, todavía algo descolocado, miró a su contertulio a los ojos justo en el momento en que este hablaba ya de retiradas de tropas. Quiso evitarlo, se mordió la lengua, ensanchó al máximo los agujeros de la nariz, pero fue inutil; un gran, profundo, ruidoso bostezo, salió de su boca con la fuerza de un huracán.
Pocos días después, se acabó el mundo.
miércoles, marzo 04, 2009
El tambor

jueves, diciembre 18, 2008
Magenta

miércoles, diciembre 17, 2008
Domingo





